söndag 3 februari 2013

*** Las tribulaciones nos acercan a Jesus ***





Las tribulaciones presentan una ventaja: nos acercan a Jesús, nuestro Salvador y Amigo, y en consecuencia nos unen también a Dios. A raíz de los desasosiegos acudimos a Sus brazos en busca de seguridad y cobijo. Hallamos eso y mucho más. Él nos ama con un amor eterno e inalterable. 
Tiene mucho que prodigarnos y quiere prestarnos Su ayuda de mil maneras. 
Anhela pasar tiempo con nosotros y que vivamos muy unidos a Él, siempre a Su lado, para instruirnos y hacernos más semejantes a Él.
Lamentablemente, la naturaleza humana es tal que cuando todo marcha bien, no sentimos el apremio de acudir a Dios en procura de fuerzas y auxilio. Cuando todo sale tal como queremos, en muchos casos nos hacemos la idea errónea de que somos fuertes y autosuficientes, de que no necesitamos al Señor. 
Como nuestra vida transcurre felizmente y gozamos del éxito, nos imaginamos que no nos hace falta ayuda ni tampoco interferencias de ninguna clase.
No nos damos cuenta de lo que nos perdemos; pero Él sí. Sabe bien que lo necesitamos y que nos podría ofrecer una vida mucho más rica si dependiéramos de Él.
Quiere enseñarnos que debemos apoyarnos en Él y echar mano de Su fuerza, la cual es infinitamente mayor que la nuestra. Pero ¿cómo puede otorgárnosla si no le hacemos caso o no le damos cabida en nuestra vida?
Puede que lo siguiente no te parezca muy alentador, pero lo es: Dios no solo permite que pasemos dificultades, sino que en muchas ocasiones es Él mismo quien nos las envía. Las concibe especialmente para nosotros, y lo hace con el expreso propósito de acercarnos a Él. Nos aprieta las clavijas para que clamemos a Él pidiendo ayuda. No lo hace con intención de hacernos daño ni castigarnos, sino para fortalecernos. Sabe que depositando nuestra confianza en Él, aumentará nuestra fortaleza espiritual y nuestra resistencia a las dificultades de la vida, y que al pasar tiempo junto a Él y volvernos más semejantes a Él, a la larga seremos más felices y nos sentiremos más satisfechos.
Si nos volvemos a Jesús en nuestra hora de adversidad, Él nos demostrará cuánto nos quiere. Tal vez el problema no desaparezca instantáneamente, pero Él nos dará «la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento» y nos ayudará a apreciar el bien que obra en nuestra vida.1 Se ha dicho que si no hubiera noche, no se verían las estrellas.
Cuando tenemos una actitud humilde y confesamos mansamente que tenemos necesidad de Dios, Él puede intervenir y prestarnos asistencia. Cuando estamos vacíos, Él tiene oportunidad de llenarnos. 
Cuando admitimos que somos incapaces, Él puede conferirnos Su poder, para que éste obre por medio de nosotros cosas que de ningún modo podríamos lograr por nuestra cuenta.
Las dificultades nos enriquecen. Nos trasladan del plano de la cotidianidad superficial y el ajetreo de la vida moderna a la dimensión espiritual, que es más profunda. 
Asimismo, al percibir el poder divino y ver cómo Dios nos saca adelante en situaciones difíciles, aumentan nuestra fe y nuestra esperanza en que Él velará por nosotros cualesquiera que sean las tempestades que se nos presenten. 
«La tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza.»
Romanos 5: 3, 4
La vida misma se inicia con una pugna. Para venir a este mundo, la criatura debe abandonar el cobijo y la seguridad de que goza en el vientre de la madre y recorrer con dificultad un estrecho conducto. Antes de remontar vuelo a las alturas, el águila debe abrirse paso a picotazos para salir del huevo. Antes de deleitarnos con su gracia y hermosos colores, la mariposa debe escapar del capullo.

Fuente .David Brandt Berg

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