lördag 10 december 2011

*** 10 Diciembre ***



«Noche de paz, noche de amor.»


¡Qué bella letra para esa hermosa canción compuesta hace tanto tiempo, un tema que capta perfectamente la calma, la serenidad y la paz de la primera noche de Navidad!
Joan, una nena de nueve años, estaba acostada en su camita escuchando los villancicos que su madre, Ángela Jenson, había puesto en el piso de abajo mientras preparaba la cena de Nochebuena. A la niña le hacía gracia que su madre escuchara con tanta afición aquellos viejos villancicos una y otra vez. Según sus cálculos, el favorito de su mami, Noche de paz, había sonado ya unas cien veces. Su mamá nunca se hartaba de escucharlo.
Joan vivía sola con su madre en un tranquilo barrio residencial. Había pasado la mayor parte del día en casa. Siendo ya media tarde, se puso inquieta. Se moría de ganas por hacer algo afuera.
Ya tendría tiempo de sobra para estar con su madre y sus familiares durante las celebraciones navideñas; ahora tenía ganas de jugar con sus amigas.
Una de ellas vivía cerca de la esquina, cruzando la calle; así que se dirigió hacia allá. Su mamá le había enseñado a ser muy cuidadosa al cruzar la calle, y normalmente lo era. Pero en esa ocasión andaba distraída pensando en los juegos que organizaría con su amiga y en lo que harían antes que oscureciera. Sin detenerse en el bordillo y sin mirar a ambos lados de la calle para ver si venía algún vehículo, atravesó precipitadamente la vía.
De pronto se oyó un chirrido de llantas y un golpe seco, seguido del rugido de un auto que huía a alta velocidad. Ángela escuchó el alboroto desde la cocina. De un momento a otro todo su mundo se acalló. El corazón le reveló lo que había ocurrido. Soltó los utensilios de cocina y salió corriendo por la puerta. Horrorizada vio que Joan yacía inmóvil en medio de la calle.
La angustia se apoderó de ella. La paz y serenidad de que había gozado instantes atrás dieron paso a la desesperación. Corrió y se agachó junto a su hija.
Otras puertas se abrieron, y los vecinos salieron para ver qué había sucedido.
?¡Rápido! ?gritó Ángela con voz temblorosa?. ¡Llamen una ambulancia! ¡Arrollaron a mi hija!
De rodillas junto a la nena, Ángela le despejó el cabello del rostro. Joan estaba inconsciente, pero respiraba. «¡Gracias a Dios! ?pensó?. Está con vida. Todavía hay esperanzas.» Luego se puso a rezar en silencio. «¡Dios mío, te ruego que salves a mi hija! ¡Te suplico que no se muera!»
En el hospital los médicos determinaron que Joan había sufrido una fuerte conmoción cerebral y se había fracturado un brazo. Le dijeron que, tomando en cuenta la fuerza del impacto, era un milagro que no hubiera sufrido lesiones peores.
El estado de la niña se mantenía estable, pero pasaban las horas y no recobraba el conocimiento.
Ángela se quedó sentada junto a su hija hasta muy tarde aquella noche, todo el tiempo sosteniéndole la mano. El concepto de Navidad le resultaba anatema a la luz de lo ocurrido. Sin embargo, la conocida tonada le seguía dando vueltas en la cabeza: Noche de paz, noche de amor? Ángela se cubrió el rostro con las manos. «¡Dios mío ?rezó?, ¿será esta mi noche de paz? ¿Sucumbirá Joan a la paz, la paz eterna? ¿Se me va a morir?» No era esa la paz que tenía prevista para aquella Navidad. La invadió una absoluta soledad.
Noche de paz, noche de amor.
Todo duerme en derredor.
Primero esas palabras hicieron eco en su interior. Luego comenzó a cantarlas suavemente.

Noche de paz, noche de amor.
Todo duerme en derredor.
Entre los astros que esparcen su luz
bella anunciando al Niñito Jesús,
brilla la estrella de paz,
brilla la estrella de paz.


En la quietud reinante en aquella sala de hospital se fue instalando en el corazón de Ángela una serenidad cual nunca había conocido. Luego le vino a la mente con toda claridad una sola palabra: Ora.
No había otra cosa que hacer ni nadie a quien acudir. Ángela rogó entonces a Dios con toda el alma por la vida de su hija.
La paz que sintió antes de rezar no la abandonó en toda la noche. Mientras velaba por su pequeña, supo que Dios estaba en aquella habitación custodiándolas a ambas, tal como lo había hecho por Su Hijo recién nacido una noche parecida siglos atrás. El amor paternal es cualidad intrínseca de Dios. Sin duda se compadecería de la hija y de su madre y respondería su oración.
La mañana de Navidad se coló serenamente en la habitación con los primeros rayos del sol.
?¿Mami? Mami, ¿eres tú?
Ángela alzó pesadamente la cabeza. Se había quedado dormida en la misma silla en la que estuvo orando.
?Joan, ¿estás bien?
?Sí, mamá, pero me duele la cabeza.
Ángela se acercó y besó a su tierna hija. Lágrimas de alegría le bañaban el rostro mientras agradecía en voz baja a Aquel que permaneció junto a ellas toda la noche.
?¡Gracias! ¡Gracias por velar por nosotras y por responder a mi oración!
Había recuperado a su hija. No hubiera podido pedir mejor regalo aquella Navidad.
Sin embargo, había más que agradecer.
Su villancico favorito había cobrado un nuevo significado, pues Ángela se hizo cargo de la eficacia de la oración y experimentó la perfecta paz que deriva de la confianza en Dios.

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