måndag 15 november 2010

*** Andad en Amor ***





“Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados.
Y andad en amor, como también Cristo nos amó,
y se entregó a sí mismo por nosotros,
ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante”
(Efesios 5:1-2).


El apóstol escribió a los tesalonicenses:
“Y el Señor encamine vuestros corazones al amor de Dios,
y a la paciencia de Cristo”
(2.ª Tesalonicenses 3:5).
¿Puede haber algo más alentador que el hecho de conocer y de considerar
el amor de Dios?
Sin embargo, no es suficiente tener el amor de Dios a flor de labios;
nuestros corazones deben inclinarse hacia este amor y estar compenetrados de él.
Entonces no solamente nos refrescará a nosotros mismos, sino que será fecundo
y se manifestará a los demás.
Dios nos ha manifestado su maravilloso amor en Cristo Jesús.
Nuestros pecados son expiados, hemos venido a ser hijos de Dios,
herederos de Dios
y coherederos con Cristo.
Jesús mismo atestigua que el Padre nos ama como amó a Cristo nuestro Señor,
quien se entregó a sí mismo por su Iglesia. ¿Quién podría sondear tal amor?
Nosotros lo hemos creído y conocido, pero este amor excede a todo conocimiento.
El amor de Dios es derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo.
En Cristo tenemos un lugar junto a Dios, de manera que podemos decir
con toda seguridad: ¡Abba, Padre! Hemos sido llevados a la comunión de este amor; Dios nos ha unido a Cristo de manera indisoluble,
lo que nos permite exclamar con el apóstol:
“¿Quién nos separará del amor de Cristo?
¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez,
o peligro, o espada?”
Nadie ni nada “nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 8:35, 39).
Nos une un doble vínculo.
La esencia del amor permanece constantemente igual.
El amor no varía jamás.
Siempre se caracteriza por la misericordia, la bondad y la paciencia.
“El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece;
no hace nada indebido, no busca lo suyo; no se irrita,
no guarda rencor (o: no toma en cuenta, no imputa el mal, no hace caso de un agravio);
no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad.
Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”
(1.ª Corintios 13:4-7).

En estos versículos hallamos la descripción del carácter permanente del amor.
Éste hace que velemos siempre por el bienestar de los demás, tal como Cristo
nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros.
Conscientes de que el amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro,
ha venido a ser nuestra parte, nos acercamos sin cesar y con toda confianza al trono de la gracia.
Pues este amor es inalterable.
Aun cuando nuestros sentimientos varíen, el corazón de Dios permanece invariable.

Conociendo esto, atravesamos este mundo con seguridad y confianza,
sabiendo que tenemos constante acceso al Padre, como hijos amados.
El amor de Dios echa fuera todo temor y aleja toda inquietud.
Lo que no podemos encontrar en ninguna parte, lo hallamos en el corazón de Dios:
consolación en la prueba, fuerza en la debilidad, socorro en la angustia,
simpatía en el sufrimiento; en una palabra,
hallamos todo aquello que necesitamos en cada circunstancia
de nuestra vida.
Allí el corazón encuentra una benévola comprensión de sus aflicciones
y dificultades, ya sean pequeñas o grandes; y, lleno de admiración,
exclama con el apóstol: ¡“Mirad cuál amor nos ha dado el Padre,
para que seamos llamados hijos de Dios”! (1.ª Juan 3:1).

El amor de Dios hace que nuestro corazón se sustraiga de lo que es visible
y se dirija hacia donde dicho amor resplandece.
El hombre natural se ama a sí mismo, piensa en sí mismo; y nosotros permanentemente corremos el riesgo de dar rienda suelta a las tendencias de nuestra vieja naturaleza.
Cuanto mayor sea la medida de nuestro afecto por las cosas que ofrece el mundo,
tanto menos impregnado del amor de Dios estará nuestro corazón.
Por eso la Palabra nos advierte: “No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo.
Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él” (1.ª Juan 2:15).
El amor de Dios nos libra del amor propio y del egoísmo; nos impulsa a entregarnos a nosotros mismos,
con todo lo que somos y tenemos, al servicio de los demás.
“Amados, si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amarnos
unos a otros”(1.ª Juan 4:11).
Dios ama a todos sus hijos con el mismo amor, de hecho y en verdad.
¿Podríamos nosotros obrar de manera diferente, si estamos compenetrados
de su amor?
No amar a nuestros hermanos sería un hecho totalmente contrario a la naturaleza.
Pues “todo aquel que ama al que engendró (Dios), ama también al que ha sido engendrado por él” (1.ª Juan 5:1).
Los hijos de Dios gozan siempre de la dulce solicitud y de los cuidados del Padre.
Él sostiene al débil con incansable paciencia; ayuda al fatigado;
consuela y restaura al oprimido; instruye al ignorante; conduce con ternura
a todos sus hijos hacia un objetivo glorioso.
El amor de Dios quiere producir estos mismos frutos también en nosotros,
para que los manifestemos a los que nos rodean.
Cuanto más crezcamos en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo,
tanta más fidelidad manifestaremos en un andar en separación del mal,
y el amor podrá mostrarse más activo, emitiendo sus ardientes y vivificantes
rayos alrededor de nosotros.
Y lo que es una realidad para los creyentes individualmente,
lo es también para
las reuniones de los creyentes.
Prosperarán de manera dichosa y constituirán un testimonio para el Señor
únicamente aquellos que estén llenos de este amor y animados por él.
Hablar con elocuencia del amor no basta.
Cuanto menos amor haya en una asamblea, menos bendición habrá.
Allí donde el amor se enfríe, no tardará en aparecer un espíritu de enjuiciamiento
y sentimientos legalistas; cada uno procurará agradarse a sí mismo.
Se verá la paja en el ojo del hermano, pero no se verá la viga en el propio.
Se juzgarán las faltas del hermano, pero no se lo ayudará con un espíritu dulce.
Se exigirá, pero no se dará nada.
Se estará molesto y de mal humor cuando no
se obtenga el amor que se espera de otros, en tanto que la manifestación
del amor hacia los demás será algo desconocido.
En cambio, donde el amor de Dios está en actividad se manifiestan
los frutos más dulces.
No por ello se aprobarán las debilidades culpables del hermano, pero se colocarán dichas debilidades ante Dios mediante la oración, se las presentará a Dios como si ellas fuesen nuestras.
Así se manifiesta la actividad sacerdotal del creyente.
Consciente de que uno mismo necesita del servicio del Sumo Sacerdote
y del Abogado, puede interceder por el hermano ante Dios.
De esta manera la conciencia estará en la luz, y se experimentará —tal como Pedro en la antigüedad— la paciencia y la bondad
con las que el Señor puede restaurar el alma.
Entre “exhortar” y “juzgar”, existe una gran diferencia,
la cual sólo el amor puede discernir.
El hermano que juzga da a conocer con dureza las faltas cometidas por su hermano y lo reprende.
Pero una verdadera reprensión en Cristo, siempre estará unida con la
dulzura, la paciencia y muchas oraciones.
Uno más bien estará ocupado en ayudar a la restauración de su hermano
en lugar de hacer manifiesta la falta que cometió.
El amor procura cubrir el pecado, es decir, trata de sustraerlo de los ojos de Dios.
“El amor cubrirá multitud de pecados” (1.ª Pedro 4:8).
El amor activo se ocupa de las faltas y de los pecados existentes, conduce a quien
cometió el mal a la confesión; los pecados son quitados de delante de Dios
y así son cubiertos.
Que el Señor nos conceda la gracia de aprender más de Él, quien
“puso su vida por nosotros”
y nos amó cuando éramos aborrecibles.
No es difícil amar a los que nos manifiestan amor,
pero somos llamados a expresar
un amor ardiente hacia todos; incluso debemos poner nuestras vidas por los hermanos.
En consecuencia, ¡caminemos conscientes del entrañable amor de Dios y estimulémonos “

al amor y a las buenas obras”!
¡Que todos puedan ver y reconocer que somos nacidos de Dios!
“Todo aquel que ama, es nacido de Dios” (1.ª Juan 4:7).

Fuente : Botschafter







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