måndag 30 augusti 2010

*** Vivir para si mismo o para Cristo ***







2.ª Corintios 5 14-16


Pues el amor de Cristo nos apremia (nos controla),
habiendo llegado a esta conclusión: que Uno murió por todos,
y por consiguiente, todos murieron.
Y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí,
sino para Aquél que murió y resucitó por ellos.
De manera que nosotros de ahora en adelante ya no conocemos a nadie
según la carne. Aunque hemos conocido a Cristo según la carne,
sin embargo, ahora ya no Lo conocemos así.


La lectura de estos versículos nos sugiere pensamientos muy simples,
pero a la vez de mucho peso para nuestra vida, y nos conduce a formularnos
una importante pregunta: ¿Para quién vivimos? El versículo 15 del capítulo
citado, dice: “Y por todos murió, para que los que viven (es decir,
los creyentes), ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y
resucitó por ellos.” Todos estaban muertos, tanto los creyentes como
los incrédulos; frente a Dios, todos los hombres estaban arruinados y
perdidos.
La muerte de Cristo por todos, prueba que, ante Dios, todos estaban perdidos
y sin vida. Fue necesario que el Hijo de Dios, quien es la vida eterna,
hallase el sufrimiento y la muerte como única parte suya en este mundo.

De manera irreparable, todo estaba muerto, y Su muerte era la única puerta
que podía abrirse para librarnos de la muerte. “Por todos murió.”
El texto no dice: «Para que todos vivan», aunque ciertamente en Cristo
se halla abundante vida, vida eterna para todas las almas; pero él no fue
recibido, nadie lo deseaba. En consecuencia, obró la gracia y muchos,
aunque no todos, lo recibieron. Por eso el texto añade:
“Para que los que viven”, es decir, aquellos que creen en Él y por ello
tienen la vida, “ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó
por ellos.”

Día tras día, en todas nuestras circunstancias, se nos presenta la pregunta: ¿Vivimos para nosotros mismos o para Aquel que murió y resucitó por nosotros?
¿No tenemos que reconocer, con humillación, que es preciso juzgarnos
constantemente al respecto? ¿Cuántas veces —por no decir casi siempre—
el primer impulso de nuestro corazón nos lleva a considerar las cosas
según nuestro agrado o nuestras conveniencias, o aun de acuerdo con la
importancia que nos atribuimos? ¿Qué significa eso, sino vivir para
nosotros mismos?

Cuando se nos presenta alguna inquietud, cuando nos enfrentamos a un mal,
a una pérdida que queremos evitar o a una ganancia que deseamos obtener,
¿no experimentamos que nuestra tendencia es pensar en el efecto que tales
cosas ejercerán sobre nosotros, e intentar dirigir las circunstancias hacia
uno u otro lado para poder ganar una ventaja y obtener tal ganancia?
No digo que siempre lo intentemos con el fin de sentir una satisfacción
personal, sino que podríamos hacerlo pensando en nuestra familia,
en el futuro de nuestros hijos, etc. Por cierto que Dios no quiere que
descuidemos el bienestar de aquellos que nos son amados y que dependen de
nosotros; pero el asunto es saber si confiamos en nosotros mismos
o en Cristo.
¿Somos jueces idóneos para saber qué es lo mejor para nuestros hijos?
¿Somos lo suficientemente sabios para decidir sin prejuicios lo que servirá,
no para obtener un beneficio pasajero, sino para disfrutar del bien
que permanece para siempre?

Los creyentes tenemos dos naturalezas: una que siempre procura agradarse o
exaltarse a sí misma, y otra que, por la gracia de Dios, está dispuesta a
sufrir por Cristo y se apega a lo que le pertenece a Él.
Pero, tal como el apóstol dice en otra parte, “lo espiritual no es primero,
sino lo animal; luego lo espiritual” (1.ª Corintios 15:46).
Esto es precisamente lo que experimentamos en la práctica.
El primer pensamiento que surge frente a la prueba y la dificultad
es el que proviene del hombre natural, quien se expresa así: «¿Cómo saldré
de esto?» La vieja naturaleza nunca dirá: «¿Cómo podré glorificar a Dios
y hacer que esta circunstancia redunde en gloria para Cristo?»
Incluso si vislumbramos alguna perspectiva que nos permita mejorar nuestras circunstancias, lo primero que aparece es el pensamiento del hombre natural.
¿No deberíamos mantenernos en guardia frente a esto? ¿No deberíamos
recordar que siempre nos acecha este gran peligro?

Todos nosotros somos probados de muy diferente manera; lo que significa una satisfacción para uno, puede no serlo para otro.
Pero existe un peligro que es igual para todos: tenemos una vieja naturaleza
que se ama a sí misma, que procura satisfacerse y, por lo tanto,
tenemos la tendencia de ceder a los deseos de tal naturaleza, según el primer pensamiento que brota del corazón.
Pero permitamos que únicamente Cristo sea el objeto de nuestras almas.
Cuando se presente alguna dificultad o algún placer dañino que nos atrae,
pensemos detenidamente en Él.
¿Cuál será el resultado de esta actitud? Desaparecerá todo lo que
proviene de nuestro hombre natural, pues lo habremos juzgado.
Entonces estaremos en condiciones de decir: «Esto no glorifica a Cristo.»
Y, ¿para qué estamos en este mundo sino para glorificar al Señor?

Recordemos que Dios ha obrado en todo a fin de hacernos aptos para estar
en su presencia: “Nos hizo aptos para participar de la herencia de
los santos en luz” (Colosenses 1:12).
Éste es un hecho inalterable. Pero, conociendo la perfecta bondad manifestada
por nuestro Dios y Padre, la cuestión práctica que se plantea a nuestra
alma es saber si nuestro corazón permanece aferrado al gran hecho de que
Él coloca a Cristo, muerto y resucitado, ante nosotros, a fin de que
ante los ángeles así como ante los hombres, y en Su propia presencia,
se vea un maravilloso espectáculo: el que ofrecen aquellos seres que
antes vivían sólo para sí mismos, pero que ahora son elevados por encima
de toda circunstancia mediante la persona de Cristo colocado ante
sus corazones.

Que este gran hecho mantenga todo su valor en nosotros, cualesquiera que
sean las circunstancias que atravesemos día tras día.
Esto reviste inmensa importancia en el andar de cada creyente.
Hay otras grandes cosas que tienen relación con la Iglesia y que son
grandiosas porque están edificadas sobre Cristo, quien debe ser el objeto
de cada individuo que compone la Iglesia.
No nos engañemos a nosotros mismos, ningún formalismo puede corregir
las faltas que provienen del corazón natural ¡No dejemos de sondearnos
para ver si vivimos para nosotros mismos o para Aquel que murió y
resucitó por nosotros!

Fuente : Hocking W.J.

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